Con un titular tan duro como realista, Ana Rubio Castro, profesora Titular de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada, abría su conferencia en el duodécimo Congreso sobre la Violencia contra la mujer.
El contenido de la ponencia de la profesora Rubio nos deja una serie de argumentos que suscribo en su totalidad y que me gustaría compartir con vosotros en este post. No va a ser tarea fácil transmitir todo lo que ella nos ha inspirado con La fuerza transformadora de la igualdad frente a la violencia de género a todos los que estábamos en la sala, y que ha provocado incesantes aplausos.
Como ya sabéis quienes leéis mi blog, mi interés está centrado no sólo en la violencia machista sino en la dependencia emocional, que en muchos casos, es el elemento inductor para que ésta se dé. Desde que aparece el fenómeno de la dependencia en la pareja, el individuo deja de ser un ente «con derechos» a pasar a ser casi única y exclusivamente «pareja», centrando su autoconcepto casi exclusivamente en reconocerse como parte de ese conjunto (¿os suena lo de la media naranja?).
Este contexto es el caldo de cultivo perfecto para el abuso y el empleo de la violencia, que tendrá lugar cuando la sumisión no se produce o se manifiesta en el momento o grado que «la otra parte de la pareja» considera.
El factor familia
En psicología siempre se tiene en cuenta el factor familia, para poder entender cómo una persona puede permitir sin más el abuso de poder por parte del ser que eligió para compartir su vida. Como he dicho en más de una ocasión y seguiré exponiendo en próximos posts, la familia es la base de la transmisión de los valores de igualdad. El resultado de nuestras relaciones posteriores es una extensión diferida de dicho aprendizaje. Si ahondamos en cada una de nuestras historias vemos cómo en el fondo sólo repetimos lo que vimos hacer a nuestros seres más queridos y fiables durante la infancia, es decir, lo que vimos en nuestros padres.
La violencia más sutil, como el «espacio de poder» que una mujer cede a su pareja en pro de «la paz del hogar», es un ejemplo de abuso que los menores perciben por tenue que sea su manifestación.
Ante esto, me pregunto ¿acaso una mujer no tiene capacidad para tomar decisiones? ¿no contribuye con su trabajo a mantener la casa y a la familia?… ¿por qué tenemos asumido como normal que ella ha de tener mayor responsabilidad en el espacio familiar más tareas y obligaciones?
Si partimos del hecho de que dos personas decidieron juntas crear una familia ¿por qué es ella la que ha de desistir en su desarrollo profesional y personal por el proyecto común?, como bien ha planteado Ana Rubio, esto no es enseñar igualdad a nuestros pequeños y a las futuras sociedades. Esto es mostrar quién ha de hacer determinadas cosas, quién ha de aguantar y quién asume «libremente»ceder a una forma de sumisión. Coincido con ella en que la pareja es el núcleo de la violencia contra la mujer. Se trata de un espacio hasta ahora considerado entorno privado e inaccesible. Algunos sectores se empeñan en recomendar, por considerar que su apariencia es más científica, el término violencia de género. Pero ante esta cuestión la ponente se pregunta: ¿Género, qué género?… el género no tiene ningún problema, el genero carece de valores y, así, el uso de este término exime de responsabilidad al que lo utiliza. El termino se usa con la intención de cerrar el enfoque y no poder ver. El problema de la sociedad no es la violencia de género, es la Violencia contra la Mujer. Esto no es de aquí, ni de ahora. No es que lo diga la ponente o lo diga yo. Este es un problema desde que existe la humanidad y que se da (con diferentes formas y manifestaciones) en todas las partes. Lamentablemente, la realidad es así de cruda: los números y los casos de violencia hablan por nosotros y no dejan lugar a dudas.
El factor social
Mientras se permita que la sociedad y todos sus estamentos (político, jurídico y económico) sostengan y defiendan una visión simplista del problema. Mientras se considere un comportamiento aislado en el núcleo de la pareja y se asimile al terreno de lo privado e individual, no se podrá incidir en su verdadero origen, ni se podrá erradicar.
Desde esa perspectiva, ni se atisba su verdadero origen, ni los elementos que la producen, la mantienen y la explican. Así nunca cambiaremos nada. Para erradicar la violencia contra la mujer hay que abrir el ángulo de visión, para entender que el factor de desigualdad es el origen y la educación en el feminismo, la solución. No nos olvidemos que el feminismo es el movimiento que aboga por la igualdad de derechos reales de las mujeres y hombres, no es un movimiento motivador de diferencias sino de igualdad social, de valores humanos. No son «cosas de mujeres» sino el valor de equidad de los seres humanos, justicia social. Mientras no asumamos esto, las medidas irán dirigidas a un fenómeno de casos particulares y aislados que nadie podrá entender como fenómeno social y por tanto no podremos encontrar ni medios, ni tratamientos eficaces para su erradicación.
Las heroínas
Me ha emocionado cómo la Doctora Rubio da la vuelta a la concepción de las víctimas de violencia a manos de sus parejas para convertirlas en HEROÍNAS sociales, comparándolas con los trabajadores del movimiento obrero del siglo XIX o con los movimientos contra el racismo en Sudáfrica. Son ejemplos de movimientos en los que personas dieron sus vidas para que hoy el resto disfrutemos de aquello por lo que lucharon. Estos derechos básicos de los que disfrutamos hoy, algunos que forman parte incluso de la Declaración Mundial de los Derechos Humanos costaron la vida de muchas personas.
Así, las mujeres víctimas que se plantan ante sus agresores siendo intolerantes a la sumisión y el control que les pretenden, son también heroínas y luchadoras por algo que ellas no disfrutarán, pero que anhelan para las generaciones futuras.
Ana Rubio defiende en su teoría que «el agresor no quiere matar a la víctima, quiere controlarla, quiere su sumisión ante lo que él, como ser superior, decide que ella tiene que ser o hacer. Y es precisamente ese modo de construir la dependencia total y absoluta de la mujer el que le permite ir aumentando el nivel de escalada de la violencia, hasta que la continua negación le lleva a la muerte. O peor aún, a tener que vivir el antinatural hecho del asesinato de un hijo a manos de su padre con la sola intención de ver el máximo sufrimiento de una mujer. Pero incluso entonces hay mujeres que siguen diciendo NO, yo valgo igual, soy una persona con el mismo valor y derechos. Y sí, para mi son heroínas, y espero que para vosotros también.
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